La donna è mobile![]() "Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio." LCiudadesInvisibles, ICalvino |
Se muestran los artículos pertenecientes al tema Visitas paganas al hogar. 27/01/2008PrólogoHace un montón de años ayudé a hacer una limpieza en casa de unos parientes. Una de esas limpiezas no de limpiar con trapo y escoba, que también, sino más bien de tirar cosas viejas, inútiles, que no sirven para nada, y principalmente de ésas para las que aprovechas la ausencia de los dueños de estas cosas, de manera que los pobres no vean que te estás deshaciendo de lo suyo. The secret life of wives (tengan cuidado ahí fuera), y todo eso. El caso es que ese día se fue por delante mucha morralla, mucha, porque se trataba de una casa muy grande, y entre todo lo que se fue, se le dio billete a la pieza que había motivado la movida: un sillón pútrido y pétreo, antiquísimo de toda antigüedad, adminículo casero vital e im-pres-cin-di-ble del cabeza de familia. Recuerdo que para tal evento conseguimos una camioneta, que subimos con gran esfuerzo pero con mayor alegría todo lo que había que subir y que a la hora de comer quedó aparcada a la vuelta de la esquina, a la espera de que el conductor cómplice comiera y sin tocar pared, se deshiciese del material. También recuerdo que servimos la mesa en la terraza, que nos sentamos y que la parienta interesada en aquellas desapariciones y servidora, cuando nos quisimos dar cuenta, teníamos en primer plano y de frente, al dueño del sofá que todavía no se había dado cuenta de la pérdida, naturalmente comiendo, sirviéndose una copa de vino, partiéndose el pan; y en segundo, por detrás, pero llamando más la atención que la muerta de la curva, asomando sobre el seto de los vecinos de enfrente, en graciosa pirueta desde el pináculo de la camioneta y triunfante sobre el ramillete de rémoras, erguido, retándonos sobre sus gorrinas cuatro patas, también al asqueroso, susodicho sillón. Domingo, 27 de Enero de 2008 12:13. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: Visitas paganas al hogar No hay comentarios. Comentar. 16/01/2008Un calmante, por caridadLo único que se oía cuando desperté era el carrito de alguna enfermera cruzando el pasillo, zuecos esencialmente lejanos y la fuerte respiración de mamá, que se había quedado dormida con mi hijo en brazos. El niño no tenía más que unas horas de vida y un ceño como ni ella ni yo habíamos visto antes. A mis hermanas les había hecho bastante gracia que se pareciese tanto a Magoo. Yo lo dejé todo en sus manos porque no hay otras como las suyas para poder quedarse en paz en noches en las que más que dormirse, una pierde el conocimiento; pero su respiración o el carrito o los zuecos o haber soñado que estaba en el hospital y que acababa de parir me despertaron, y ella estaba tan abuela, recostada en la butaca, con sus zapatillas de estar por casa, su bata rosa, un suéter de cuello vuelto y todas esas cosas que ella cree esenciales en el kit hospitalario, que nada más oír el crujido de mis sábanas, abrió los ojos y arreglando con una maniobra tan antigua como el mundo el arrullo a los pies del chiquitín, y apretándolo contra sí, dijo eso que siempre ha dicho de mis hijos: es tan bueno como tú. No he dejado de recordar esta madrugada desde ayer. Miércoles, 16 de Enero de 2008 20:45. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: Visitas paganas al hogar Hay 4 comentarios. 17/02/2007Do you feel the same?Vino su primo J.M. a merendar con nosotros y trajo con él un juego nuevo de trinca para la PSP. Los tres críos lo pasaban bien, se divertían y le daban mordiscos a los sandwiches calientes que les había preparado, mientras yo leía alguna página de Ada o el ardor tumbada en el sofá. No sé si fue porque llevaba la bata puesta (ya ves tú) o por algún resorte mental que no sabría subrayar pero que seguro tendrá mucho que ver con las instantáneas que retengo de mi relación con mamá, que interrumpiendo mi lectura sentí caer, repentina, fulminante, la versión maternal que ellos pudieran tener de mí -al igual que solía verla en ella, años atrás, mientras era yo la que jugaba despreocupadamente y ella la que leía quien sabe si Rayuela, quien sabe si Cien años de soledad y a mí me asaltaba esa visión de conjunto de la situación, nadie podría ya decir si demasiado madura, por la que ella tenía su papel y yo el mío, y me daba cuenta de ambos; sobre todo del suyo, referente maduro y adulto más allá de los límites de lo que cabe cuestionarse; seres, claro, ya por encima de casi cualquier cosa, esencialmente de la infancia; mayores que no hay que examinar ni son preocupantes porque son sólidos, o lo parecen, y no entran en colisión con el niño que eres sino que sencillamente están ahí, perennes de oficio, para guiar y reñir y muchas veces para cortar el rollo- y pensé en romper la barrera que no vemos, supongo que sagrada por cuanto entraría a grabarse en su memoria (como en la mía hubiera quedado grabada la pregunta si mi madre se hubiese atrevido a formularla), preguntándoles cómo de vieja me ven, sintiéndome yo tan joven, deteniendo los relojes durante la conversación, para decirles lo extraño que resulta que vean en mí -en Rosa, la Rosa que todavía no sabe qué hacer con su traje de novia, la Rosa, hermana pequeña de sus hermanas mayores, Rosa, que todavía echa el corazón por la boca, Rosa, la Rosa que se mira y contonea desde hace más de veinte años en los escaparates de la Avenida Reina Victoria y en el espejo del Santander, lo que son las cosas- a una madre. A su madre de reuniones de padres de alumnos, a su madre preparadora de leches y cenas y sandwiches calientes, que recibe a los primos, que les obliga a saludar al entrar porque siempre lo olvidan, su madre, su Rosa. La que encuentra increíble la velocidad con la que van sucediéndose, y a veces confundiéndose, los papeles que vamos representando y sobre todo, la que nunca acabará de creerse cómo de rápido van sobreviniéndonos los años. Pero no lo hice. Y hubo un rato en que me arrepentí de no haberlo hecho, de no hacerles mirar más allá de lo que ven. Forzándoles la mirada. Creo que es para ese tipo de cosas que no pueden o no deben hacerse, por lo que escribo. O por algo parecido que no nada tiene que ver, pero por esto también. Me gustaría que ni una sóla de estas palabras se perdiera, que llegado el momento las leyeran, recordaran esta instantánea y se dieran cuenta de que pasaban, o pudieron pasar, muchas más cosas de las que ellos veían aquélla tarde de domingo, con J.M. en casa, cuando estrenaron el Need For Speed Carbono y su anciana madre estuvo a punto, mordiéndoles el cogote y levantándolos en el aire, de sacarles del nido. Sábado, 17 de Febrero de 2007 20:36. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: Visitas paganas al hogar Hay 2 comentarios. (...)Off: Por supuesto no fue de un día para otro. Ni siquiera tuve que pensar en ello. Pasó solo. Algún día mi cuerpo dejó de necesitar -o de extrañar- otro. En general, otro, sin entrar en detalles. Para todas esas cosas que hace uno con otro. Sencillamente se apagaría la luz del dispensador o vaya usted a saber qué mecanismo de los que avisan del fallo -por falta de respuesta a la demanda-, y el protocolo se eliminó de la rutina, cansado de gritar en el desierto. Alguna vez he tenido recaídas, o me he pillado clavando la mirada en parejas que parecían comerse con los ojos. Que se tenían. Y sé, porque me he visto viviéndolo, como me volvía a emocionar un simple beso en la televisión, o las caricias bien contadas de los libros. Unos y otros me han hecho recordar la familiaridad con la que a veces, cuando se tiene, se disfruta de la materia, de la piel, de otro. Aunque vivir solo tiene cosas muy buenas, no me voy a poner a defender una elección que, como casi todas las de esta vida, creemos haber tenido en la mano. Yo sé qué me ha traído hasta aquí sin errar un mísero detalle, pero también sé que de entonces a ahora, siempre haciendo según mi intuición, siempre siguiendo la única vía posible, no sabía en qué dirección caminaba ni qué consecuencias tendría. Ni si acabaría teniendo lo que prefería. Ni lo que me haría más feliz. Pero eso nadie lo sabe. La cuestión es que trayéndonos, a los críos y a mí, se me fue apagando la luz y además, a lo tonto ya pasaron un puñado de años. Se pierden las buenas costumbres, como la de que alguien esté pendiente de ti, para variar. Se pierde eso. Se pierde que te toquen. Y cualquier día dejas de acordarte que te haría bien. Dejas de necesitar lo que de un modo instintivo sabes que no vas a encontrar. Y por dejar, hasta dejas de sentir el retroceso. Nada. Puede que puntualmente pienses que lo mereces, que tú también, pero te duele, y la mente se aleja en automático de dolores que salen de tan adentro. En fin, que se te enfrían los días y se te acaba enfriando hasta el tuétano, pero se vive. On: En Ikea no saben que duermo todas mis siestas abrazada por uno de sus cojines. Me lo pongo en la nuca y las manos de trapo me abrigan el cuello. Como una bufanda. Es protector, tranquilizador, y un día de esos que sientes mucho la falta, puedes imaginar que son dos manos de verdad (nadie dijo que había que estar cuerdo las veinticuatro horas del día). Bueno, imaginar, imaginar, tampoco. Suponerlo, hacerte un auto-charco de digamos, disfrutarlo un nano-segundo, pero ser consciente de que no. Se me entiende. La otra noche veíamos una película aquí, en la habitación de los críos. No recuerdo el título. Puede que fuese Arturo. Estábamos tumbados en las camas, yo en la de P., ambos de lado, y cogí su mano y me la puse como la de cojín, sobre el cuello. No pasó nada durante un rato porque la mano era como la de trapo, no esperaba que se moviera y no lo hizo (aunque tampoco era un esperar consciente, sino traído por la costumbre). Pero cuando me pilló desprevenida se movieron los dedos, y me acariciaron. Se movían. Y yo ya no lo esperaba. Se dio un estremecimiento interno, una sacudida a nivel celular y sin apartar la mirada de la televisión comencé a llorar por Rosa. Demasiado tiempo en off. Se encendió la luz del dispensador. Pasé a on. Y la brecha es profunda e inabarcable. Sábado, 17 de Febrero de 2007 18:57. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: Visitas paganas al hogar Hay 1 comentario. 01/10/2006RuborLe puso la tapa a la olla donde hervían las verduras y se sentó conmigo en una silla de la cocina. La una del mediodía. Mamá ya tenía hecha la comida y la cena, pero seguía haciendo, pelando alcachofas. Sé bien cada palabra que le dije y recuerdo qué cara de alivio puso, y de orgullo y de alegría, y tengo retenidos en la memoria sus ojos llenos de lágrimas. Que no me miraron más. Que regresaron sobre la labor, con el cuchillo entre las manos, chas, chas, arrancando capas. Pero sus finísimos labios sí la delataron, se estiraron y casi imperceptiblemente, sonrieron. Y a mí que no me llegó a conmover lo que le conté, que era calmante y alegre como calmantes y alegres son las buenas noticias después de las penas negras, me conmovió su sonrisa y su sonrojo —se le enciende la cara cuando le pillan preocupándose—, y pensé que tenía suerte, que era una privilegiada no solamente por tenerla, que también, sino por tener cosas buenas que llevarle y poder así asistir a su ejercicio de contención, tan digno y humilde, propio de quienes se desviven de corazón por los que le duelen, día y noche, pero saben guardar su sitio, con la comida y la cena hechas. Mi madre. Estrella polar de una generación de mujeres que tiene como prioridad aprender de ella, de su sencillez, y arrojarle al delantal alegrías de muchos colores para saldar una deuda de empeños. Para que sus manos tejan jerséis de punto garbanzo que naturalmente, acabarán viniéndonos grandes. Domingo, 01 de Octubre de 2006 21:19. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: Visitas paganas al hogar Hay 48 comentarios. 16/09/2006Torpedo launched, captainCada vez que abro la nevera me encuentro con los mismos productos. Siempre, siempre, invariablemente. Quizá alguna vez entre una tarrina de helado diferente, o compre un pack de yogures nuevos, puede pasar que en lugar de comprar en Mercadona me lleven de excursión (odiosa-desconcertante) al Carrefour y cambie el formato de la leche, de los zumos, pero el paisaje viene prácticamente siendo el mismo desde hace tiempo. Afortunadamente la fruta y la verdura van variando según la época del año, y el resto, va cambiando de etiqueta o de tamaño con el tiempo. De lo contrario mi frigorífico parecería un cromo. Pero lo que me sorprende de todo esto es que cuando voy a comprar, creo estar discurriendo por los pasillos siendo original y creativa. O sea, voy arrastrando mi cestita y cogiendo lo que necesito pero queriendo arriesgar con las novedades, ideando recetas nuevas para después llegar a la caja, y descubrir (así, años) que cuando lo coloco todo sobre la cinta he comprado lo mismo salvo una tarrina de helado diferente o un pack de yogures nuevos, y que los carros que me rodean están cargados de compras absolutamente diferentes y dispares entre ellas, como si hubieran sido hechas en otros supermercados y llenos, llenos, de productos que yo ni siquiera he visto. Increíbles y apetecibles compras que también se moverán, según sus dueños, en la misma ajustada horquilla y que llevaría a casa sin dudarlo. ¿Cómo sabiendo que somos así de uniformes, fieles, aburridos, mecánicos en ciertos aspectos de nuestra cotidianeidad, todavía no se ha creado una cadena de supermercados tan original, que haciendo sonar una sirena, fortuita, extraordinaria, sus clientes se vean sorprendidos por un espontáneo y sin duda alguna, divertido cambio de carro? Metiendo bolsas y bolsas de novedades en la nevera, alteraríamos los pilares básicos de decenas de nuestras repetitivas costumbres y ja, ríase usted del par de torpedos de protones que destruyeron el reactor principal de la Estrella de la Muerte. ¡Boom! Sábado, 16 de Septiembre de 2006 11:28. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: Visitas paganas al hogar Hay 20 comentarios. 04/06/2006SuperhéroesEran las cuatro y media de la madrugada. Más o menos. Después de dar muchas vueltas sobre la cama sin poder dormir, la casualidad quiso que, buscando una postura con la que conseguir conciliar el sueño, metiera la mano entre el cabecero de la cama y el colchón. Ese espacio pequeño, pequeñísimo, que la comprime dulcemente. Y allí, en uno de esos lugares en los que nadie miraría —los mismos en los que mi hijo mayor suele esconder sus tesoros para que su hermano pequeño no los encuentre— estaba Lobezno, una figurita de plástico que esta semana pasada desapareció misteriosamente (los esconde tan bien, que a veces hasta él olvida donde los mete), y que había sido objeto de una búsqueda exhaustiva, tan y tan desesperada, que hasta nos llevó a mover algunos muebles. Tiré de él, lo lancé al suelo a los pies de la cama y seguí esperando conseguir dormirme. Esta mañana me he debatido entre esperarles en la puerta con él entre las manos, llevándome el mérito ante sus ojos de críos de haber aprovechado su ausencia para poner la casa patas arriba hasta dar con él, más sencillamente, ser ese tipo de mamá de la que se pueden esperar grandes hazañas; o ponerlo, como correspondería a un auténtico héroe, regresando a sus manos en una aparición estelar y sorprendente, en la capa superior de una de las cajas de juguetes. Entre una mentira y la magia la elección es sencilla, gana el superhéroe. Domingo, 04 de Junio de 2006 12:08. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: Visitas paganas al hogar Hay 31 comentarios. 05/03/2006Yo me bajo en la próxima, ¿y usted?El otro día escuché decir a Eduardo Punset durante una entrevista para publicitar el lanzamiento de su nuevo libro sobre la felicidad, que ésta, es básicamente la ausencia de miedos. Tener ansiedad, una ligera ansiedad, ayuda a superar los obstáculos cotidianos (una entrevista de trabajo, un examen, una cita, etc.); pero sufrir de miedo, de miedo a no tener las riendas de tu vida, a que todo esté fuera de control, a que lleguen las dificultades, a no saber o no verse capaz de afrontarlas, a temerlas como una vara verde, esos miedos, son los que nos impiden disfrutarla ¿Y nada más que eso (dirá alguno)? ¿No hay que preguntarse qué me está dando la felicidad para ser consciente de ella, sino, qué es lo que (no) me la está quitando? Al parecer sí, es así de sencillo. Yo misma siempre he considerado —y aquí se ha dicho ya en varias ocasiones— que lo que se entiende por placidez, bienestar, tranquilidad, está en manos de todo el mundo, pero hay que saber defenderla, sostenerla en alto, ir sacándole polvo y paja para verla esplender a cada paso, para sentirla como un halo situado, brillando y distinguiéndote, un palmo por encima de la cabeza. Por eso ayer, durante toda la tarde, me acordé de la mía. Continuamente de la mía. De esa forma de vivir que he ido trabajándome y depurando, a la que he descolgado de todo cuanto me ponía los nervios de punta. Cortando los lazos que pesaban, soltando lastre. Vida que no incluye fiestas multitudinarias de cumpleaños, compras en centro comercial (un sábado por la tarde) y coches atascados, de ida y de regreso, (llenos de niños que se lo están pasando bomba) mientras se atraviesa la ciudad de parte a parte en una metáfora de lo que podría ser una cabeza, ras, abriéndose como una naranja. Digo yo que cogido al azar —como con un gancho de máquina de feria—, uno solo de los vehículos que transita de ese modo, una sola de las familias que frecuentan y defienden ese modo de invertir una semana tras otra su tiempo de ocio, nos regala una muestra de lo que supone la caída en picado hacia los abismos negrísimos de la infelicidad. Porque vamos a ver, ¿cómo superar el estrés del parque infantil repleto de criaturas dislocadas, que acaban olvidando quien es su padre, quien su madre, quien el perrito que les ladre? ¿Cómo no comerse a besos a la última madre que viene a recoger a su pequeño, amigo de tus hijos, para llevárselo donde no haya que desvivirse por él, último ejemplar entre casi otros veinte ajenos a tu natural control? Y lo que es peor (situación que por sí sola goza de peso suficiente como para volver loco a cualquiera), ¿cómo es posible sobrevivir en esas colas del parking de los centros comerciales, con sus oficiales de vuelo señalizando, usted a la izquierda, usted a la derecha, a dos kilómetros por hora durante casi tres cuartos de hora? ¿Cómo comprar esquivando otros carritos de la compra, otras familias claramente insatisfechas, que eligen servicialmente invertir sus fines de semana de un modo tan espantoso —y que llevan escrito en los ojos nos queda media hora de salud mental, mantenernos alejados del alcance de los niños, por favor, no fumen cerca? ¿Cómo soportar esas colas en caja mientras la música del establecimiento se te quiere meter con una pala por la oreja, y la vista no encuentra donde posarse para no ver colores, ofertas, luces, gentes intentando entenderse por encima del ruido? ¿Cómo regresar al coche sin asesinar a alguien entre las decenas, sino centenares, de paisanos que están haciendo lo mismo que tú, odiando ese espacio, masticando el agobio, deseando salir, repasando la cuenta, maldiciendo el gasto, olvidándose las latas de tomate triturado, tirando del brazo de la niña que está agotada, abriendo el pack de botellas de agua para sacar una y saciarse, para poner un pie en la calle y volver a toparse con el caos circulatorio y el mismo auxiliar de vuelo, usted a la derecha, usted a la izquierda? ¿Por qué después de todo eso —como si no fuera suficiente— hay que subir la compra a casa, organizarla y preparar una cena? ¡Por el amor de Dios! ¡Pero esto que es! ¡Así no se puede vivir! Y hay quien lo toma por norma, por habitual incluso en fin de semana; personas que hilan su existencia con histerias consecutivas de este tamaño. Pues bien, quien vive así, ha de saber que no tiene mas que sentarse cómodamente para ver aparecer ante él un divorcio, una factura fármaco-psicológica de seis ceros y una sartén de grosor poco despreciable dándole en el entendimiento a una velocidad invisible al ojo humano. Como poco, que el riesgo es mayúsculo. ¿Quién necesita el libro de Punset para ver que esa no es manera de vivir? A ver, ¿quién en su sano juicio no se aborrecería a sí mismo, y a todo el que con él comparta la tragedia, girando en esa espiral de agonías, vendiendo tan barato su halo despampanante a los propietarios de esos infiernos terrenales? Ay, pobre estabilidad familiar, cuantos crímenes se cometen en tu nombre. Domingo, 05 de Marzo de 2006 16:15. Autor: la_mobile. [ + ]. Tema: Visitas paganas al hogar Hay 14 comentarios. 10/12/2005Sus laboresMamá, ¿cuántos años tiene este plato (de plástico, chiquitín, sin un triste dibujo, bajo el bote de la miel)? Pues debe tener tantos años como tú y tu hermana A. juntas. Maravilloso. A mamá es mejor dejarla tal cual es. Una no puede llegar a su casa y decirle toma estos trapos nuevos, porque seguirá gastando los viejos. Echará al fondo del cajón los que le lleves, zas, y nunca volverás a verlos. Tampoco te molestes en amenazarle con llevarle un día de estos una escoba más ancha, más en condiciones, porque le luce más dar el doble de pasadas con la suya que es tamaño oriental. Por la misma razón, si estás pensando que esas latas de Cola-cao donde guarda las bolsitas de la harina, esas latas de cola-cao del año del catapún no son el recipiente ideal y toma mamá, estos tuppers que lo mismo congelan que almacenan que se meten en el lavaplatos que al microondas... desengáñate, porque no se van a mover de su sitio. Intenta, intenta tenderle la ropa que invariablemente obtendrás la misma respuesta, no cariño, que las cosas ya piden su sitio y yo su sitio les doy. Es admirable, lo del platillo es admirable, ya lo creo. Primero porque ni las más entusiastas estadísticas de vida útil del plástico podrían prever que algo fabricado en los años cincuenta llegara a cumplir otros tantos en perfecto estado. Pero en perfecto, perfecto estado, sin amarillear ni chispa. Segundo porque claro, ¿cómo es posible que de los seis hijos, ninguno se entretuviera en agarrar ese plato para pasárselo pasillo arriba, pasillo abajo con algún otro, y por una ventana abierta saliera volando en armónica pirueta, tal y como salieron tantas y tantas cosas durante aquellos años? ¿Cómo se ha salvado de tal cantidad de desafortunados lances? ¿Cómo no se ha perdido, ni quemado, ni torcido, ni manchado? Esas cosas tienen además de años, mérito, y más valor, y solera, y las manos de muchos niños cogiéndolas con aviesas intenciones, además de muchas madres de muchos años unos encima de los otros devolviéndolas a su sitio. Una en su casa jamás las guardaría, pero en la de ella el plato, las latas, incluso el zueco y la campana y el botijo que hoy aparecieron entre sus adornos navideños milenarios, tienen sentido. Cumplen con su labor. Son la magdalena, la inversión a fondo perdido. Ella las cuida y venera como si fueran únicas. En todas las rémoras hay alguien, algo, un momento que ella baraja y te cuenta como si te estuviera dando la receta de la coca boba. ¿Ves la funda de ese cojín? Sí, claro. ¿Y no te suena, no te lo he contado mil veces? No, mamá, sólo de estar aquí en casa, lo he olvidado. La funda de ese cojín está hecha con la tela de tu arrullo. Tenía toalla por un lado y ese género por el otro. Vaya. Y entonces una se queda mirando el cojín mientras ella sale de la habitación y las faldas de su bata hacen el mismo fru-frú, y oh, te das cuenta de que sí, que te lo ha contado una barbaridad de veces pero que no consigues retenerlo. Te levantas, la sigues, está haciéndose un café, entregándose a esa labor con todo su corazón, con total perfección, y quieres pedirle perdón por las veces que lo has olvidado, quizá porque es posible que la hayas entristecido pensando que tendrá que volver a contártelo mil veces más hasta que le des la justa importancia y hagas como ella, tu labor, pero el final de la película hace que los niños comiencen a correr por el pasillo, te los llevas a casa y cuando ya estás allí te das cuenta de que no sabes porqué, pero no lo has hecho. 05/11/2005ADNComo la rosa: nunca Cómo puede ser bella Orihuela era entonces mucho campo, hermoso e inagotable, plagado de brotes olorosos y norias que sin descanso y morosamente, batían el agua de las acequias. Tersándola. Las tardes eran lentas, el sol remataba la jornada arropándose entre lo verde y la nena jugaba entre los naranjos, tirando de sus ramas y descolgando la fruta que repartía con sus hermanos. Desde por la mañana quedaba a su cuidado. Su madre y su tía bajaban a coser al pueblo y cuanto tenían, la casa y la huerta y la cabra y las gallinas, lo habían ganado trabajando juntas, a dos, las horas que hiciera falta. Años atrás, tantos y algunos más como los críos podían contar, no sabría decirse si fatalmente, la madre de esas criaturas se enamoró del heredero de una familia muy rica, la más adinerada de la provincia. En esa misma huerta lo vio alguna vez afanado en ayudar, en ser útil de una manera a todas luces insuficiente, apareciendo de repente con su traje gris de ausente, llamándola del otro lado de la tapia, “niña, ¿os hace falta algo?” y la chiquita corría a la casa donde su madre le hacía así, que no que no, con la cabeza. Cuando se giraba para contestarle ya no lo encontraba. Hasta tres hijos tuvieron juntos, tres hijos que no disfrutaron de él por cobardía, por flojera, por la época, por el dinero, por el orgullo, por la dignidad bien y mal entendida. Por nada en realidad, si bien se mira. Porque tenía que ser así. Las dos mujeres estaban unidas por un vínculo muy fuerte. No eran años para amilanarse y ya se las habían visto color de mosca pasando mucha hambre y mucha fatiga. Se apoyaban tanto que el día que murió una, la otra se dejó morir de pena. Y lo consiguió. La nena quedó sola para siempre con sus hermanos. Huérfanos. Su padre jamás pudo reunir las fuerzas suficientes para saltar de forma convincente la tapia, mucho menos para sacarlos de las monjas. Quedó en el lado de sus parientes, escuchando sus voces, obedeciéndolas a ellas y a su sangre. Murió cuando le terminaron de comer las tripas los gusanos de los deseos mal cumplidos. Años después la nena también tuvo unos hijos que tampoco tuvieron padre o que sí, pero que lo fue insuficiente. Digna hija de su madre, también quedó sin saber lo que es el amor de un hombre. Cuando se casó no pudo preverlo, se le fue de las manos. Seis, seis hijos tuvieron y a todos quiso y cuidó como había que hacerlo. El padre no porque no sabía y punto, no le habían educado para dar, ni para proteger, ni para entender, ni para mirar y ver, oír y escuchar, tocar y amar. No le corría por las venas, no estaba en él. Sencillamente no sabía, también estaba al otro lado. Por nada en realidad, si bien se mira. Porque tenía que ser así. Conforme fueron creciendo, las seis criaturas hijas de su madre y nietas de su abuela fueron emparejándose. Algunas de ellas se estaban equivocando, vieron claro el error mirando con la sangre y con los ojos y se separaron dejando a sus parejas al otro lado, su lado natural, para acabar viviendo sin el amor de un hombre y sobreviviendo a solas con sus hijos. Llenando el cielo de líneas horizontales que frenan la lluvia sólo para ellos. Porque tiene que ser así. Otros revelaron que el ADN es la molécula de la herencia, que ella sola contiene la información que nos hace ser como somos. Así de altos, así de rubios, así de cabezotas, así. Que los genes son fragmentos de ADN que conforman el genotipo, responsable del fenotipo, es decir, del conjunto de caracteres que un organismo manifiesta y baraja. Que se sobra y basta para transportar datos durante generaciones enteras, perfilándonos y en algunos casos hasta empujándonos, convirtiendo el devenir de las personas en algo más que un simple capricho genético. 22/10/2005La escaleraLugares importantes, dos puntos. La casa de mamá, todo. (Acuérdate. Suelo, paredes, muebles por fuera, muebles por dentro. La noción de las caras del cubo familiar y lo que éste contiene es muy, muy amplia, cuando se es pequeño.) Yo me la pasaba investigando, conociendo, tirada en el suelo leyendo, escuchando un cuento en mi tocadiscos de maleta y sorprendiéndome del frío que después vertía mi piel, asomada a una rendija miserable debajo de una puerta por la que se veían los pies de los otros para aquí y para allá, mirando a través del cristal esmerilado del balcón y siguiendo el reflejo de las farolas que desde mi lado reaparecían en soles, estrellas, lunas, girando; criando renacuajos del parque en la pila, dejando caer un carrete de hilo vacío por el balcón y columpiándolo con una hebra larga. Bien alto a derecha y bien, bien alto a izquierda. Jugando con mis hermanas. Así. Pero lo que son las cosas, entre los lugares más queridos para mí está la escalera. Que me enviaran a hacer un recado, salir al colegio, subir a la azotea a tender o nada más que a contemplar el batallón de soldados de hierro que apuntaban desde los otros tejados al cielo, que subiéramos a bañarnos en los grandes barreños del azulete, todo, todo era mejor porque se pasaba por la escalera. Podía cantar y sonaba de maravilla, suena de maravilla. Bajaba y subía siempre, pero siempre siempre, haciéndolo. La alegría, quería cerciorarme de serlo. Había una hora especial en que la luz que filtraban los cristales de las ventanas hacía que estos parecieran plagados de brillantes. Diminutas, pequeñas bolas de estrella, que en el silencio refulgían enormes. Las baldosas estaban hechas a mi cuerpo, cabía entre ellas a la perfección, me acoplaba con mis juguetes, pocos, y era muy importante aprender a saltar cuantos más peldaños de una vez, mejor. Los ocho llegué a saltar de un tirón. La piedra cálida en verano y fría e incómoda en invierno no importaba, los escalones seguían el ritmo de las estaciones porque vivían, claro, y a la altura de casa de la señora Rosario, un piso más arriba, vivían más fuerte que nunca y la sensación de paz era tan, tan grande, que parecía que el cristal del cielo se rompía en mil pedazos y caía sobre mi casa, cubriéndolo todo como lo hace el manto de la nieve, vistiéndolo con más brillos, más. Y era muy feliz. Entonces, a veces, sonaba la puerta del castillo, allá abajo en el zaguán oscuro, retumbando en los cristales, y la tos o el ritmo o los pasos o algún ruido me enseñaba quien subía y saberlo me hacía sentirme importante, más alto que nadie, donde lo luminoso, desde la atalaya infantil de la imaginación más importante. Más segura. Y cuando no había un solo ruido cantaba, me gustaba mi sonido y la voz cubría cada espacio, tocaba todas las puertas y se deslizaba por el pasamanos. Acomodándose, pegándose al lugar como la huella lineal de los anillos sobre la madera, la de las patas de los muebles contra la pared, como el apellido de mi familia en el buzón. Mi voz cristal de niña pequeña que se adornaba la capa con diamantes. Que sigue sonando bajito en la casa en la que nací, esperándome en el último rellano de arriba arriba del todo y que se tira al verme por el hueco de la escalera, riéndose del reencuentro cada vez que empujo el portón, abrazándome entre alharacas envuelta en olores milenarios que ya nunca cambian, nunca cambian, y que se me cuelan dentro un piso tras otro hasta que abrimos la puerta de casa de mamá y entra a mí, conmigo, a un hogar que nunca lo fue tanto como ahora. Ahora que ya mido más de metro y medio. 05/09/2005Catástrofe![]() Resultan muy curiosas las manías que tienen las señoras embarazadas. A mi modo de ver y entre las más graciosas está la de limpiar el rancho a partir del octavo mes. Les entran unas prisas locas por preparar la casa, por ir allanando el terreno, adelantar trabajo y no dejar un cabo suelto ante la inminente llegada de las salvadoras: la suegra, la madre y cualquier otra persona que termine, inevitablemente, poniéndoles las casas del revés mientras brindan su inestimable ayuda (los vasos cambiados de sitio, los platos no ordenados de mayor a menor tamaño, las ollas a su caer, las sábanas mal dobladas, los productos de limpieza fuera de lugar y todas esas manitas que parece que no, pero aturden). En resumen, cuando durante los meses anteriores eran poco menos que unas marmotas, con el parto a la vista les entra un acelere que da bastante risa presenciar. Incluso ante sí mismas. Y entonces empiezan a subirse a limpiar los altillos, a vaciar los armarios de la cocina, a pasar por la lavadora las fundas de los sofás, etc. Todo urgentísimo, como se ve. A mí estos días atrás me ha pasado bastante esto de lo que hablo. Esperaba el regreso de los críos con ganas porque que en su ausencia, me he comportado como una preñada casi todo el mes de agosto. Al acercarse la fecha cero, en vísperas y pasmándome a mí misma, he sido capaz de encontrar el paquete de sal que no me había inclinado a buscar durante varias semanas, he limpiado a fondo por todas partes, vaciado uno por uno los armarios, tirado infinidad de trastos (básicamente, y a no ser que sean cosas con algún valor sentimental, aunque sea pequeño, lo que no utilizo siempre acaba en la basura) y he puesto la casa, volviéndome un demonio de Tasmania, en bastante buena órbita. Puntualizo que tenerla más sucia no me da ningún cargo de conciencia si es que tengo mejor plan (véase mirar al techo si lo necesito) y confieso que después de algunas mudanzas clasifico los adminículos caseros en imprescindibles y en todo lo contrario. Soy incapaz de conservar ni uno de la segunda categoría. Así que la otra noche cogí las últimas rémoras —de decenas, proclamo, de decenas— y las metí en una bolsa de papel para ir rematando la cosa del alivio material, que ha sido grande. Calcetines de colores muy divertidos que compré muy entusiasmada pero que jamás me puse (no se ha presentado esa ocasión especial donde sin querer queriendo, los mostraba como la cosa más natural del mundo). Un par de sujetadores (que por lo visto guardaba por si acaso alguna vez volviera a gastar la noventa). Unas calzas de fútbol (para los fríos invernales en cama de matrimonio). Unas botas negras de caña altísima (a las que les he arreglado el tacón cuarenta veces pero que sólo resisten una puesta, y ya estaba bien). Panties (que jamás me llegan a la cintura como Dios manda y que ya cambié definitivamente por medias). Unas zapatillas de estar por casa (que se salían a cada paso pero que eran una cucada) y dos agendas de Papá Noel (ambas del año del catapún, inservibles). Y bueno, la bolsa la dejé con la basura pero sin cerrar porque haciéndolo, normalmente acaba desapareciendo en manos de alguien interesado antes de que pase el camión de la basura. A la mañana siguiente bajé a la pescadería a comprar sepia para hacer un guisado y caminando por mi manzana, y mirando al suelo, bajo un coche pero bien a la vista y a escasos metros de mi casa, estaban mis calcetines, mis medias, mis sujetadores, los panties. Salvo los zapatos estaba todo allí, desnudo, en insultante desamparo. Qué sensación. De repente tuve la necesidad de volver a cobijar esas cosas, de meterlas en casa, de decirles, ea, ea, ea, ya está, no hay que preocuparse, ya estáis conmigo, al cajón, al cajón otra vez. Pero no lo hice, las dejé allí, en exposición y abandonadas. Y es que no existen ni la seguridad completa ni las certezas (que se lo pregunten a los calcetines, un poner). Mirando alrededor y escuchando las noticias, leyendo los periódicos y dejándonos embargar por cuanto en ellos nos muestran, mirando mi ropa tirada en la calle me doy cuenta de que somos realmente más nómadas de lo que nos gustaría creer. Que la provisionalidad está en nosotros de un modo tan formal como el oxígeno en el agua y que podemos tapar el sol con un dedo pero que tras él seguirán pasando cosas que a nosotros, tan frágiles, nos acabarán envolviendo. No se puede detener a la naturaleza con una póliza de seguros ni con un rezo, y nuestras embarazadas siguen alcanzando el noveno mes y pariendo niños que llegan al mundo, fuera de su útero protector, con una mano delante y otra detrás. Y que así siguen. Seguimos. Pero ¿quién, qué podría romper estas puertas cerradas, la paz de mi casa, mis niños dormitando en los sofás y estas persianas bajadas ahora que ya estamos todos juntos, ahora que bajo el ala, mamá gallina, se arrebujan mis polluelos? ¿qué pequeño o gran desastre quebraría este mini-mundo? Es la calma quien susurra y miente: nada. 23/08/2005Cuando despertó, el dinosaurio aún seguía allíCuando volvía a casa esta mañana me he cruzado con una señora bastante más joven que yo que llevaba dos niños de la mano. Estampa veraniega vacacional. Y no sé qué habrá podido decir el mayor —que debía tener unos cuatro años—, que la madre, con la mandíbula apretada y una cara que asustaba al miedo, le ha soltado dos palos en mitad de la calle mientras por efecto de los golpes, zarandeaba al más pequeño convirtiéndolo en un rabo de lagartija. No lo soporto. Es de las cosas que no puedo ver. Es que se me cruzan los cables y olvido todo lo que sé, me caigo no sé donde, sólo pienso en la fuerza física, en el dolor de las hostias, en el abuso, en lo que debe pasar por la cabeza del crío; parece que me las están dando a mí. No exagero. Y me entran las mismas ganas de llorar. Más cuanto más me alejo y no he hecho nada, inútil de manos inútiles, permitiendo que el mañaco siga recibiendo tortazos, pensando en lo poco que le gustan y en el daño que le hacen. Y así hasta hacerse mayor y reconocerse en estampas veraniegas vacacionales que también le descompongan el ánimo. Hay personas así, claro. Hay de todo. Y de tanto hay que también estoy yo, que una vez maté un canario a gritos. Es verídico. Era un animal muy viejo, estaba calvo y cada vez que me veía pasar junto a su jaula abría las alas y el pico. Yo le tenía pánico y procuraba mantenerme alejada de él. Pero se ve que algún día de algún año, después de ponerle lechuga o vaya usted a saber si de echarle agua o qué, mi madre me lo dejó cerca. Cuando me giré y me topé con aquel bicho, él empezó a asustarme y yo comencé a gritar. Le grité tanto y tan alto, que se ve que se pasmó y se le paró el corazón —o igual es que coincidimos su muerte y yo en la puerta de su casa, así, de forma casual. El caso es que el animal cayó al suelo de la jaula, lo cogí y lo tiré por el hueco del patio de vecinos. Qué maldad más mala. Ganas me daban de morirme de saberme capaz de algo semejante, qué iba a ser eso, matando a mis años, un horror. Me convertí sin más remedio en lo que más odiaba. Estaba, está dentro de mí. Y lo veo en esa señora, y la miro tan fuerte y tan hondo que quisiera gritarle, quisiera hacérselo ver, que también está en usted y debe contenerlo, que así no, y la miro y miro, quiero metérselo dentro, toma, ahí tienes ya puedes verlo, mira lo que queda de todo eso, y ahora escupe y comprende, escupe y comprende, y no vuelvas a hacerlo nunca más. Que mira. Pero es inútil, pasan de largo y ya en la punta de la calle el niño sigue llorando y entonces llega uno a la conclusión de que es un pájaro más y su jaula es suya por derecho propio. Que los gritos se ve que ha de recibirlos porque así le tiene que pasar. Que durará lo que tenga que durar, que no los volveré a ver, que no podré ocuparme, que será otra vez desde el principio y otra vez, y así tantas veces, que podría llenarse el patio de vecinos de pájaros muertos, que a ningún adulto miedoso le extrañaría. 03/06/2005Miguel Hernández,![]() Mi madre no es más madre que ninguna, es quizá la última de todas ellas. Es una señora alta, rubia, de ojos claros, resplandecientes, con sonrisa de escándalo. Al primer golpe de vista ya adivinas lo bien que huele. Nunca presumió de belleza, ni de hijas, ni de alhajas que no tiene ni de nada. Es silenciosa y es cálida. Nos envuelve y acompaña, está, pero no se ve. Mamá es la última de la fila, es la última para comer, es la última para dormir, es la última para leer el libro nuevo, y en resumen es la última en casi todo. Mamá es extraordinaria, la última, pero extraordinaria. Y es así con todo el que la conoce. No soy una excepción. No tiene nada suyo. No tiene nada de los demás. Nada le pertenece y nada reclama. Nada. No llevó muy buena vida, la verdad es que no tuvo suerte pero no se le pasa por la cabeza recordárselo a nadie. Si se lo dices tú y haciéndolo te sulfuras, también sonríe y sigue leyendo o removiendo la sartén. Está por encima suyo. Si le hicieron daño ya no le duele. Si hubo alguien que le amargó el dulce, ya se lo ha perdonado. Ahora ya es sólo ella —ahora sí—, pero siempre la última, tan discreta, humilde, tan elegante. Que yo recuerde sólo saludando a la viuda de Miguel Hernández la he visto bajar la cabeza. Doña Josefina Manresa vivía en la punta de nuestra calle con su hijo. Con los años —porque en el momento no daba crédito a este gesto— he entendido que al cruzarse con ella era tan grande el orgullo que sentía por compartir calle, y eran tantos los recuerdos de la huerta y de su infancia en Orihuela los que le traía su presencia, que hasta se ponía colorada. Cuando se alejaban la una de la otra lo que le entraba a mamá no debía cogerle dentro del pecho y parecía ponerse más en pie de lo que estaba mientras nos contaba quién era Miguel Hernández, qué le pasó, los libros que había leído suyos y que ya teníamos en casa y así, hablando y chorreando ilusión por las piernas abajo, hasta que se desinflaba y volvía a la normalidad. Qué hermosa mamá y sus puntas de luminosidad que emocionan hasta doler, mientras canturrea a sus nietos —como lo hacía con nosotras—, poemas que ella adorna dándose un golpecito con la mano en el corazón, sonriendo tan grande, tan dulce, que hasta el tiempo se contiene en su falda para escucharla: Salta el cielo a la comba. 11/05/2005MoscasTengo tres en el patio dando vueltas. Llegan en verano y se van con la última tormenta, esa que cuando se apaga ya deja frío. Supongo que no son las mismas toda la temporada veraniega y esto es lo que más intrigada me tiene. ¿Qué se dicen las unas a las otras para darse alternancia, hay un servicio de testamentaría asociado al puesto? ¿Existe un Centro de Colocación y hay moscones supervisores que van patio por patio examinándolos para que en el momento que sólo haya dos, o una, poner sustitutas? ¿Las moscas de dónde salen y por qué reconocen mi patio como el suyo de recreo? Si es cierto que todo pasa por algo, ¿qué función hacen esas moscas ahí? ¿no se cansan de girar sobre sí mismas? ¿me reconocen? Digo yo que sí. Si hasta en cierto modo bailan para mí. Bailan conmigo. Cuando salgo a tender y me acerco a las cuerdas se retiran, se elevan, describen sus círculos más elevados, y cuando me inclino sobre la lavadora para coger otra prenda, descienden, recuperando su posición. Así hasta que no queda nada, así hasta que acaba la música. A veces, esquivando las cortinas de mi dormitorio, entran en casa, no todas, una, no siempre. Aprovechan que las aparto para salir o para entrar, y entonces se ponen a girar como locas por dentro de la casa, tropezando con las puertas, golpeándose contra las ventanas, cruzándose conmigo y volando cerca, rápido, rápido, que si afinara el oído las oiría porque tienen que ir diciendo cosas muy graciosas de válgame, me cachis en la mar y así. Pobres. Suelo coger un trapo, que las manos no valen, y sacarlas como si estuviera haciéndolo con una gallina. Piiiiita, piiiita, y la mosca que se acerca a la ventana de su liberación. Piiiita, piiiiita, y la mosca que se da con toda la pared de alrededor y con cualquier cosa, antes de encontrar la salida. Pero sale, hala, ya. Cuando llega con sus compañeras parece que no ha pasado nada, a saber qué se dirán que yo no oigo, pero parece que todo recupera su lugar. Es como hacer una buena acción, pero menos. En realidad no es nada, son moscas, ya ves tú. Pensarlo es absurdo, naturalmente, pero si todas las cosas tienen alma, a ver por qué no iban a tenerla las moscas por insignificantes que sean. Por tontas que sean. ¿Mira que aturdirse en casa y encontrar la felicidad en el círculo del patio? ¿no les satisfacen los espacios grandes? Aquí tendrían sol, sombra, superficie brillante, rugosa, plana, cálida, helada, blanda. Podrían posarse en muchos sitios, abrirse, ampliar horizontes. En cambio ahí están, las tres, jugando a pillar y a tú la llevas en mi patio, charlando, haciendo su vida circular, limitándose, quizá mareándose, a toda su libertad cerrándose. ¿Para qué? 25/04/2005La gorda de la duda![]() Philippe Pache La primera vez que una pareja hace el amor no es la mejor, de eso acudieron convencidos a su noche inaugural, pero aún así le dejaron un lugar a la duda. La pusieron entre ellos, juntitos los tres, y desnudos se metieron en la cama. Se apretaron, se apretaron más, y se apretaron tanto que la duda ya no cupo más y chorreó patas abajo hasta llegar al suelo subida en una ola, una ola de las de verdad. Fishhhh. La duda quedó así, en un rincón de la habitación, respirando bajito y dada de lado durante muchos años; como un recordatorio de comunión de uno de esos primos que no lo son y que vienen a ser los hijos de tus padrinos, y que no son nada y que nada importan. Pues igual y como eso. Pero con el tiempo, la pareja tuvo algunos problemas y la duda aprovechó su oportunidad para arrimarse otra vez a los pies de la cama. Se les venía encima, sigilosa, y sin que se dieran cuenta y por sorpresa, se volvió a meter entre los dos. Zas. Se acomodó y se hizo fuerte. Y claro, ya no había manera de que cupieran los tres en el mismo lugar, porque la duda se estiraba cuan larga y gorda era y les ponía los brazos por encima del cuello, comodona, ahogándoles hasta que se giraban y se daban la espalda, que entonces sí, se dormían. Las cosas que les rodeaban, sus cosas de ellos, se empezaron a inquietar. Como ésto siga, al final acabamos cada uno por nuestro lado, decían los libros de la mesilla de noche. Sí, respondían las medias del cajón, no tiene buena pinta. La cama cabeceaba preocupada, muy preocupada. Los cachivaches sentían mucha presión. Hasta que un día no se sabe cómo, uno de los ganchos de su moño de novia agarró la responsabilidad bien fuerte y salió del cofre que ella tenía con sus joyas y tesoros en su mesilla de noche y se puso debajo de la almohada. Y esperó, esperó y esperó. Y esperó y llegó la noche. Ellos entraron en la cama, la gorda de la duda se confió y comenzó a cerrar los ojos envuelta en sueños, y ambos, cansados, se giraron hacia su pared metiendo la mano por debajo de los almohadones. Ay, pero ella se pinchó. Encendió la luz y sacó la horquilla. Se giró y se la enseñó a su marido. ¿Has puesto tú esto aquí? le dijo. Y él respondió, no, ¿qué es? ¿No sabes lo que es? Bueno querida, parece un gancho. Y por un momento, por uno sólo, la duda sudó temiendo que él recordara que era una horquilla de su primera noche, de aquella primera noche de amor donde no cupo, una de esas que adornaban su precioso pelo y que él entresacó con un mimo tan grande como si en lugar de eso, estuviera separando los rayos mismos del sol. Y creyó que acordándose se salvarían. Pues qué raro que haya llegado esto aquí, no parece mío. Y entonces la duda sonrió y comenzó su última y muy amenazante crecida empezando de nuevo a engordar y a engordar y a engordar, y ella sin poder parar se puso a llorar y a llorar y a llorar, y él al otro lado a pensar a pensar y a pensar, y el gancho y las cosas de la casa, vencidos, a suspirar y a suspirar. 10/04/2005Ah-notado: la hora![]() Jan Saudek/1990-03 - ¿Cuál es la mejor hora para hacer el amor? 27/03/2005El primer día de clase lloré desconsoladamente. Mis hermanas estaban en cursos superiores y nada iba a pasarme, pero eso entonces no era lo importante, ni muchísimo menos. Lo malo era lo grande que era el colegio, la fila, el uniforme, la Hermana, la aglomeración de gente y quién haría caso a lo mal que me sentía. Siempre he sido muy miedosa. Muchísimo. Pero detrás de mí, con una seguridad pasmosa, se colocó Luisa. Mi amiga Luisa. Y ya no se separó de mí ni en todo ese día, ni en los siguientes nueve años. Silenciosa, discreta, atendía cada uno de mis miedos y tejía sobre ellos una red de serenidad con paciencia propia de pescador. Parece mentira la seguridad de la que disponen algunas personas. Deben saberlo todo, al menos así lo parece. Y ella tenía el don de la tranquilidad. Yo apenas me metía en líos, era una niña muy buena. Dice mi madre que cuando era un bebé me dejaba en el parque y allí pasaba las horas muertas sin decir ni pío. Buenísima. Así que en el colegio tampoco solía pelearme con nadie. Al revés. Era la campeona de saltar a la goma porque tengo, tenemos todas, unas piernas larguísimas y las M. (que así éramos y somos conocidas en las reuniones de antiguas alumnas donde aún las monjas más viejas se acuerdan de todas) fuimos míticas en el colegio por nuestra capacidad para la rítmica, el baloncesto, bueno, todas esas tonterías que se hacen de pequeña y que ahora nos costarían un disgusto. El pino, el pino-puente, la rosca, eso. Así es que mamá tenía que pintar la casa cada dos por tres. Con cinco niñas haciendo esas tonterías todo el día, la mujer no paraba de pintar, pero reñirnos, apenas nos reñía. Ella sí que es buena. Buena de hacer a los que están a su alrededor mejores, de ese tipo de bondad. Y en fin, a Luisa le gustaba mucho venir a casa y aunque temía a mi padre como a una vara verde y prácticamente saltaba el marco de la puerta de su despacho para que no la viera, le encantaba encerrarse conmigo en el baño y que yo le hiciera una demostración de todos los secretos de belleza que había aprendido de las cuatro señoritas que tenía por encima. Ya ves tú. Porque las chicas somos muy reacias a compartirlos y a ellas había que sacárselos con sacacorchos. Qué misterio, hasta que pillé a mi hermana A. pasándose una cuchilla y comprendí como podía ser posible que no tuviera un solo pelo en las piernas. Luisa siempre sonreía. Ella no tenía hermanas, sólo hermanos y más pequeños y todos estos tesoros debían suponerle un mundo. Ella me consolaba y yo la encantaba. Empate a cero. Luisa y yo seguimos direcciones distintas una vez acabamos la etapa escolar. Después llegó el instituto. Allí también encontré una amiga el primer día y no me separé de ella prácticamente hasta el último. Mariángeles. A Mariángeles y a mí nos gustaba escuchar las mismas canciones y cantarlas muy alto. Cuando tuvimos edad para conducir a ella le compraron un Peugeot 205 blanco y solíamos dar vueltas y más vueltas por la ciudad, sólo por el placer de escuchar y cantar las canciones de Yentl, o en realidad, cualquier de Barbra, o de Whitney. Tenía una familia extraordinaria, igual que Luisa, su padre y su madre se querían muchísimo, se les veía, y cada vez que me invitaban a sus comidas familiares yo soñaba haber pertenecido a esa casta de siempre y que todo para mí, esa felicidad y esa complicidad de años, era tan habitual como rascarme el elástico de las medias de calcetín. Yo le ayudaba con los estudios, no era muy buena estudiante. Siempre hacíamos los deberes en la suya. Así ella me encantaba y yo le ayudaba. Empate a cero. Después me casé y al poco tiempo nacieron mis hijos. P. nació cuando yo tenía veinticinco años y A. recién cumplidos los veintisiete. Un día, hace ya un pico de tiempo y todavía casada, estábamos sentados los cuatro en el parque escuchando el concierto de la banda municipal y unas personas más adelante estaba Luisa con su hijo y su marido. De espaldas a mí. Y a la vuelta del parque, paseando sola, cruzó por delante del coche Mariángeles. Me acuerdo de todo porque ese día pasó una cosa (otra cosa) que hace que no lo olvide. Ayer comí en casa de mamá. Ella rellenaba unas truchas sobre la mesa, yo la miraba. Me hablaba de mi hermana A. que está embarazada de mellizas y a la que ya le han recomendado reposo, así que no sale y cada vez que la llamamos nos dice eso de tú no sabes lo que es esto, aquí, en casa, todo el santo día. Y mamá hablaba metiendo ajo picado, perejil y pellizcos de especias en las tripas de aquellas truchas. Decía que en esta vida no hay nada peor que no saber afrontar lo que te viene, y cogía las truchas y las iba poniendo perfectas sobre la fuente del horno. Una con la cabeza para acá, otra con la cabeza para allá. Y yo la miraba y me acordaba como hoy, de la cantidad de personas en las que me he apoyado para llegar hasta aquí, como Luisa y como Mariángeles, que también se acordarán de aquellos años, y tantos otros seres queridos que van y vienen, que pasan. Que no he venido sola y que nunca lo he estado, que todo ha tenido su sentido, su intercambio, sus finísimas hebras por las que caminar con suavidad. Viendo a mamá cocinar me vienen todas estas cosas a la cabeza y la mayoría casan divinamente, por asociaciones rapidísimas y acertadas todo cobra significado e importancia. Van pasando los días, y van pasando los años. Sentada frente a ella en silencio me pasa la vida entera. Entera. Desde que me servía patatas fritas y yo comencé a llamarlas ayayais porque me quemaba los dedos hasta ahora, viéndola tan mayor y tan preciosa como es. Con una felicidad y una familiaridad tan habitual como el que se rasca el elástico de sus medias de calcetín. Y además es Domingo de Resurrección. 26/03/2005Visitas pagadas al hogar (2) Quiero aprovechar esta oportunidad que internet me brinda para anticiparme al desastre casero que con toda probabilidad esté a punto de ocurrirme, dejando en herencia el blog y todo su contenido al primero que lo pille. He dicho.Resulta que fui el jueves de urgencia a comprar viandas típicas de señora solterita a la que no le apetece cocinar ya que no están sus fieras y con cualquier cosa se apaña porque ella ya ve usted con una ensaladita y algo caliente va que chuta—aquí era festivo y abrían sólo hasta el mediodía— y con las prisas con las prisas cogí una pizza americana que me llamó la atención de los refrigerados y algunas cosillas más. Llego a casa, y aunque el detalle en principio no me pareció relevante (oh, destino implacable), resultó que la pizza valía lo mismo que una funda de oro para las muelas. Bien, no importa. Pero mi madre (sagaz compradora que de haberle dado tiempo se hubiera titulado en revelación de errores en los tickets) detectó que me la habían cobrado doble. Hija mía, ¿además doble? Bueno, pues de perdidos al río, no importa, no hay dolor. Ahí se queda, en la nevera. Menudo puyazo en el punto más doloroso de toda ama de casa, la practicidad, pero sobreviviré. Llévate, llévate mamá la caja al papel con todo éste otro montón, ojos que no ven corazón que no siente, que yo la dejo en el frigo porque total, ésta cae hoy antes de que se le vayan las vitaminas. El mismo jueves, también deprisa y corriendo, recogí una lámpara preciosa para la mesa del comedor. Es una monada, con sus tulipas lavanda que no sé cuantas tiene porque tendría que levantarme a mirarlo pero una barbaridad, un montón de hierro forjado, no se cuantas guirnaldas de pedrería. En fin, un disparate hecho lámpara. Bien. El electricista le cobrará veinte euros por colgársela. Ya está si no viene y la cuelgo yo equilibro el presupuesto y con la pizza no ha pasado nada y la próxima vez que pase por el súper me carcajeo en su puerta. Llegué a casa. Preparé los adminículos (en esta casa es nuestra palabra favorita, además de “donuts”) para proceder a colgarla. Bien. Quité todos los automáticos, abrí mi caja de herramientas, me puse los calcetines de trepar a la mesa, y así lo hice. Empecé a separar cables. Estos marrones, estos azules, los amarillos-verdes. Estaban todos. Así que lo primero que hice fue separar todos los amarillos-verdes que ya sé que no valen para nada, y proceder a pelar dos de los otros un poquito y bueno, ordenarlos bien ordenados para tener la maniobra bien clara y después colocar ¿el suspensorio? del que iba a pender la monada a estrenar. Empalmo, aseguro, ya me duelen un poco los brazos, me bajo, le doy a los automáticos y resulta que ahora no funciona ninguna de las luces del salón. Ni los puntos de luz que hay en el techo ni la lámpara de pie que hay entre los sofás ni por supuesto la que acabo de colgar. Andá mi madre. Bueno. Que no cunda el pánico. Aquí lo que hay que hacer es cambiar de combinación de cables. Y también lo hice. Y entonces sólo funcionaba, de todas, una de ellas, la de los sofás. Armada de paciencia tuve que probar con todas las combinaciones de cables posibles. Entiéndase que probar con todas consiste en volver al principio un montón de veces y por consiguiente quitar los automáticos, subir a la mesa, marearme de mirar para arriba tanto tiempo, dolor de brazos, cambio de cables con su consiguiente tortura para meterlos y que aguanten en su agujerito correspondiente, apretarlos, infinito dolor de brazos, mareo de mirar para abajo después de mirar mucho para arriba, bajarme jugándome el físico, darle al automático y e-fec-ti-va-men-te, para comprobar que en la mejor jugada de todas, sólo había conseguido que funcionaran dos de las tres bandas de luz existentes. Bien, sopesé la situación. No es posible, Rosa, que esté pasando esto. Tienes que haber pasado por alto alguna de las combinaciones marrón-azul de cables. La buena no la has hecho todavía. Así que lo que tienes que hacer es olvidar que está el suelo del salón lleno de puntitas de cables, la mesa llena de escayola y las herramientas por medio (porque otra cosa no, pero herramientas tengo una barbaridad..), comer, y empezar si hace falta desde el principio hasta conseguir que funcionen al menos las que sí iban, y si acaso, y a unas malas, llamar pasado el puente a un electricista para que haga funcionar la lámpara, lo cual sería un desastre porque en circunstancias como esas ver funcionar mi lámpara en-se-gui-da es fun-da-men-tal, que para eso es nueva y las cosas o se hacen en caliente o no se hacen. Calma chicha, Rosa, respira. Saqué la famosa pizza del frigorífico y la metí en el horno. Me suena el móvil. Contesto, qué haces, intento colgar la lámpara la recogí hoy, pero por qué no está el electricista, pues porque esto ya lo he hecho yo antes y está tirado, sí pero ésta es diferente no, ya bueno está un poco complicado pero no te preocupes que si consigo hacerlo me voy a quedar en la gloria o más arriba, y mientras, hablando, me acerco hasta el horno, entorno la puerta, la madre que me p… ¡¡¡Diossssssssssssss, qué peste!!! ¿Alguien ha estado alguna vez en las cloacas? En la vida de olores a rancio y a sobaquillo todo junto. Imposible definirlo, particularmente asqueroso. Sórdidamente inaguantable. Pero quizá sólo fuera eso, y en realidad estuviera riquísima de sabor. De hecho es materialmente imposible que una pizza que vale tanto no esté buena de narices. Me la pienso comer igual. Me parto un poco de jamón, me saco unas almendras, me pongo la pizza, una cocacola, un bol de ensalada y hala, a comer en la bandeja y en el sofá, como las buenas. ¡¡Y una porra!! Nadie podía comerse eso, y menos así, baboso y caliente. ¿Pero qué pizza del mundo no está buena? ¡¡Ninguna!! ¿Cuál es la probabilidad de que una pizza que así, a simple vista lleva anchoas, bacon, champiñón, queso y tomate esté mala? ¿cero? Volví a comenzar de nuevo con la maniobra de la lámpara. Vamos, una pizza tan cara y además asquerosa, hay que tener valor. Y luego estos cables. Y además no he llamado al electricista, tonta que eres tonta. Y venga a subir y venga a bajarme de la mesa. Hasta tres veces probé la combinación completa de cables (que eran nueve en total contando los amarillos) antes de rendirme en una en la que no iba nada de nada para echarme a llorar porque ya estaba bien y qué iba a ser eso. Así que espero y espero, miro a la puta lámpara que será muy bonita pero qué cabrona es, y me vuelve a sonar el móvil. Cómo vas, no funciona, se va la luz de los otros puntos me duele todo y no hay Dios que cuelgue el bicho ese, ah comprendo lo que tienes que hacer es poner los seis cables del techo empalmados to-dos con los de la lámpara, ah sí, sí, ah, pues ahora cuando vuelva a llegarme la sangre a las manos lo intento, vale, venga. Y sí, era eso, recogí el chiringuito y metí la apestosa pizza, menos dos trozos que tragué por cabezonería, en el microondas, y ya por la tarde, con el ansia de comerme una en condiciones, hice subirme una riquísima de una pizzería que hay cerca de casa que, bonita combinación, es de unos chinos y no cierran ni en Jueves Santo. Y ya....hasta ahora mismo, que me acabo de comer el resto del jueves frío porque soy in-ca-paz de tirarla habiéndola pagado al doble de lo que valía, que además era un montón, y tenía que comérmela por mis cojones porque además no supe colgar la lámpara y a mí se me pueden subir las cosas de mi casa a la pechera, pero nun-ca a la chepa, que ya tengo unas horas de vuelo y sería la primera mancha en mi historial. No, hijo, no. Y bueno, ahora seguramente me muera, de hecho ya se me está nublando la vista. Es posible que esta sea la despedida y si eso es verda... 21/02/2005Hoy vamos a recoger las gafas de A. Tengo dos hijos, son pequeños. Uno, P. es aparentemente más fuerte y más lanzado, cumple nueve años dentro de quince días. Tiene unos ojos azules que da gloria mirar y es guapo, muy guapo. A veces lo miro y me parece mentira haber parido una criatura tan perfecta. Su cuerpo, sus posturas, su forma de trabajar, de relacionarse. Es competitivo y espléndido. Todas sus etapas han sido fabulosas de observar, todas, ha sido un bebé muy bueno, siempre se ha portado bien aunque tiene genio, y mala baba. Poca, pero tiene. Por eso parece más fuerte y más lanzado y por eso todos creen que necesita menos atención. Después nació A. —mi chiquitín de mi A.— que acaba de cumplir siete años. Sus ojos verdes son tan brillantes que cuando te mira fijamente te haces un charquito. Es también muy guapo, mucho, pero es aparentemente más débil y menos lanzado. Su abuela me dice que no es que sea cobarde, es que es muy prudente (todo es cuestión de matices). Mirándolo me doy cuenta de lo que significa tener a una buena persona en casa, cómo crece una buena persona, un ser noble. Lo es. Es incapaz de guardarle rencor a nadie, carece de mala leche y tiene la sonrisa más bonita que haya visto nunca. A veces lo encuentro mirándome, mientras vemos una película o jugamos a cualquier cosa. Me sonríe y cuando ve que le pillo, todavía es capaz de estirar más la sonrisa. Es increíble. Pero como casi todo en esta vida, la realidad es bien distinta. P. el fuerte, es más débil y necesita mucha más atención que su hermano pequeño. Lo sé porque lo veo, a veces titubea, duda. Y su hermano pequeño, es más fuerte de lo que parece, incluso más que el mayor. Así que cuando la familia se ha enterado que hoy recogemos las gafas de A., casi todos han prometido matar al primero que se ría de mi chiquitín en clase (son sólo para la pizarra y para ver la tele), y que pobrecito, y que hay que ver; pero yo sé, porque lo sé, que A. es muy listo, y si su mamá ahora le dice que las gafas le hacen falta, que cuando las lleve habrá quien se dé tortas por asomarse a verle esos ojos tan bonitos, que se parece a Harry Potter (vale, en rubio), que los que se rían de él me los anota en un cuaderno que ya sabrán lo que vale un peine y que él no se despeine, que mamá y todo el que le conoce le quiere con locura y todo seguirá como siempre, tan así como ahora, y que unas gafas no cambian nada… él sacará pecho y el estuche de sus gafas con orgullo, sonriendo, y se pondrá a trabajar tan pancho. Como es él. Gracias a Dios, a P. no le hacen falta gafas. 04/02/2005Visitas paganas al hogar, primera parteHay dos tipos de amas de casa: las que lo son antes que cualquier otra cosa, y las que son amas de casa porque es lo que toca y punto final. El ama de casa que lo es antes que cualquier otra cosa disfruta (esto es básico) de un círculo de amigas que también se toman muy a pecho su condición. Entre ellas se lo guisan y entre ellas se lo comen. Madres abnegadísimas todas ellas, disfrutan su primer descanso matutino en la cafetería de la esquina del colegio donde, a distancia (se ve), adelantan el trabajo casero con una master-class auto-reafirmante sobre las maravillas del Ajax Pino, la bayeta ecológica o el Duende (que como todas ellas saben, es un aparato super-limpísimo que lo deja todo como los chorros del oro, con infinidad de cacharros y potingues olorosos que aunque ocupa media casa, es el colmo de la sofisticación y del buen gusto). Para esta mujer, es importante dejar claro lo agotada que va siempre de acá para allá cargada de críos hasta las orejas para no quedar en franca desventaja frente a la concurrencia, por mucho dolor de cervicales o de lumbares o de cualquier otra cosa que aquéllas esgriman padecer (aunque también es de ley aclarar que una pasadita por el hospital, aunque sea por urgencias, deja en mantillas a cualquiera de las otras tenga la cantidad de hijos que tenga, ¿por qué? Porque lo más sacrificado en este mundo para una ama de casa excelente, es que tengan que venir otras a meterle mano en su territorio; no porque vayan a cambiarle las cosas de sitio, que no es eso, ni porque vaya a quedar en entredicho su capacidad, no. Si no porque cabe la posibilidad —que como ya se verá más adelante, es más que probable— que su rancho no esté tan esmerilado como dice tenerlo. Gran pánico, pelusas debajo del sofá o cacahuete del sábado en la alfombra del comedor. “Válgame. Si llegara a saberse” y lo recogen corriendo no fuera a ser que cayeran enfermas…) Como a las diez o diez y media, les remuerde la conciencia a todas y salen pitando de la cafetería —guarra y dejada la última— para dirigir sus pasos a un supermercado, tienda de ultramarinos de confianza o cualquier otro establecimiento donde ya se sepa cómo se es de eficiente y de gran cocinera, y donde se pueda pasar otro ratito hablando con la tendera deleitándose mutuamente con alguna receta de cocina para los niños (“que se la comen estupendamente”), la última de la Pantoja, el Gran Hermano, la isla de los famosos o cualquiera otra barbaridad televisiva que, aunque critican y ponen como hoja de perejil, curiosamente siguen con una fidelidad sólo comparable a los monjes capuchinos. Con los adminículos del cocido en el carrito y un crío dando la lata, el ama de casa excelente aterriza en su casa y lo primero que hace es encender la televisión. Existe una conexión aún en fase de investigación entre la emisión de ondas hertzianas procedentes de programas de Maria Teresa Campos o Ana Rosa Quintana, y el cerebro de la mujer no-trabajadora, que hace que aún sin darse cuenta, no puedan vivir la una sin la otra, y mientras, tan ricamente pongan el cocidito madrileño en la olla y se hagan dos o tres llamadas telefónicas a las amigas para ver quien de todas recoge a los críos de ballet, de tenis o de catequesis. Organizarse es fundamental, y un ama de casa mal organizada es literalmente un desastre público. He visto casos de mujeres que sólo por llegar tarde al colegio reiteradamente, eran dadas de lado, marginadas, juzgadas y eliminadas del mapa social. Ahí queda eso. 02/02/2005Inventario![]() Botitas, dos chichoneras, tres arrullos, gasas de abrazar, pijamas, muchos pijamas, un vestido chiquitín-chiquitín con sus leotardos a juego, rebequitas, faldones, sábanas, una caja con chupetes usados, un montón de horas de sueño, el sabor de la leche sin cacao, una mano que se mete en la mini-cuna buscando una carita, el olor a almendras dulces de un recién nacido, un cepillo que no peina, dos placentas que caen, los relojes que pierden las agujas, la angustia y las vomitonas, carne que se abre, llantos de varios tipos, murmullos, tápalo tápalo que tendrá frio así así, ay mi chiquitín qué cosita más preciosa, un paquetito en los brazos, mecedora, tetada de las doce, bebe bebe que tienes que hacer mucha leche sí así justo cuando empiece a mamar tú bébete este vaso te lo dejo aquí preparado yo ya me voy ¿quieres algo más? ¿te hace falta algo?, ir en pijama casi todo el día, ¡pero míralo, no se cansa de hacer cosas divinas con la carita! Puñitos cerrados tápale las manos con las manguitas así así que se arañará la cara, no no apagues el radiador que parece que aquí hace frío, apágalo que hace demasiado calor, no mejor déjalo puesto pero al mínimo y entornamos la puerta. Qué hermoso se está criando, ya no coge en el capazo mejor pasarlo a la silla, es igual que tú, qué rubio qué ojos más azules qué piel más blanca se rie igual. Comparativas con bebes adyacentes, más pijamas, un albornoz, no dejes de mover el coche que está al caer, sí por las noches no da guerra se toma su tetada y queda entre los brazos que parece que le hayan dado una paliza míralo, tiene la comisura de la boca llena de leche ponlo en el hombro que erupte ya ya eruptó ahora se ha hecho caca y vuelta a empezar, una botellita de colonia, un tubo de Nutracel para el cambio de pañal, Mustela para la piel, horas de observación y de incredulidad, siestas llenas de caricias, el sonido de los ajos, el sonido de los gugús, el sonido de los anguengues, mabá, papá, abua, papicas güenas, una trona y papilla de frutas, sí ya se tiene sentado, una lavadora otra lavadora tiéndela con cuidado, ven aquí dulzura que mamá te va a comer vivo, aserrín aserrán los maderos de San Juan piden queso piden pan, se le ha salido el pipí está empapado ay mi meón, se me hacen grandes volando míralo cuatro meses ya, qué piel qué olor qué ruiditos qué risa le da verme cómo se calla cuando lo cojo yo cómo sabe que sé lo que le pasa es mi chiquitín, ¿hasta dónde estás del abuelito? ¡hasta aquí! ¡hasta aquí! ¿cómo hacen los lobitos? Mira, le ha salido un diente qué diente más divino el diente de mi niño. ¿llevas el agua, un pañal, las gasas, el arrullo por si alguien quiere sacarlo del coche? Un montón de bajadas de persiana para la siesta matutina, para la siesta siesta, para dormir por la noche. Infinidad de besos y de mimos y de risas y de qué cosa más linda. Nunca me ha dolido nada tanto, ¿cuándo acabará esto? No puedo más, no puedo más, no puedo más, no puedo más, no puedo más, no puedo más, no puedo más. Luz blanca guantes de latex silencio sudor, postura incómoda clavándome la pinza del pelo en el cráneo pero ya se me ha olvidado, vienen miran se van vienen empuja más fuerte miran y se van, vienen empuja así así ahora ahora, ya no empujes más y peso sobre el vientre y no dentro. Rojo, llora, se mea, ahora te cuidaré yo. Vivirás conmigo. 16/01/2005Es un recuerdo lejano......casi imposible, de un tiempo pasado, casi improbable. El viejo sofá de mi padre, último vestigio de su paso por nuestras vidas, desaparece de la casa de mi madre para no volver jamás. Hoy nos hemos decidido a desprendernos de él. Alguien lo meterá en su casa, le dará el sol, lo usarán para leer. Fue la última persona que lo usó, y allí no ha habido un alma capaz, siquiera, de apoyar un bolso. Tengo que reconocer, muy a mi pesar, que ese sillón era de la persona que más he querido y más he temido. Buscando su aprobación pasaba las horas muertas sentada a sus pies, cuando hacía buen tiempo y a él le acompañaba el ánimo; o bajo la ya famosa bolsa del pan, cuando amenazaba tormenta o enfado rutinario. Aún con eso y con todo, era un señor muy salao. Andaluz. Acostumbrado al trato deferente. Al machismo de andar por casa. A bandeja. Vaso. Vino. Tabaco negro. Carrusel deportivo. Y además era guapo, moreno, con unos ojos verdes que quitaban la respiración a las buenas y a las malas. Tuvo mujer y seis hijos, y a todos los quiso igual de mal. Amigos, muchísimos, incontables. Allí por donde caminara amanecía alguien dispuesto poco menos que a dejarse sacar un hígado si es que lo pedía. Qué grande eres. Qué padre tan grande tienes. Y yo asentía. Y sonreía. Debió también ser bastante infeliz y padecer lo suyo, tenía puntas de risa que se le caían de la cara volando, y volvía al rictus temible acompañando la maniobra con el ruido de la piel de sus manos restregándose la una contra la otra. Qué rudo. Y qué horror. Una noche, cuando cayó enfermo y andaba muriéndosenos en la casa (proceso que duró más de seis meses) lo encontré tirado en el baño, llamándome. De entre todas sus hijas yo era la única que aún temiéndole más que a una vara verde, nunca le rehuía. Mis hermanas ya le habían enseñado los dientes, y la herida, y él debió ver que no podría confiarles sus porrazos nocturnos sin necesidad de esperar un estufido. Me levanté y le ayudé a volver a su cama, pesaba muy poco, amarillo, con los ojos hundidos. La piel de sus manos se había afinado y ya no parecían capaces de hacer ningún daño. Aprendí un día detrás de otro, una hora tras otra en interminable sucesión a sentir lástima. Le miraba e imaginaba que allá donde estuvieran apuntados sus pecados, se los estaban cobrando día tras día, abonando uno por cada quejumbrosa respiración que acompañaba con un ay, nocturno y diurno. Hasta que se le encharcaron los pulmones, hizo un sonido como de radio mal sintonizada y murió. Fue un señor imponente, con clase, que vestía bonito, que fuera de su casa fue muy respetado y dentro temido. Que se sentaba en un sillón muy parecido a ese, y que pálidas, observamos en su salida, sin decir ni pío, mientras lo sacaban mansamente entre unos pocos hacia fuera de la casa. Un recuerdo, ya está dicho, imposible e improbable. 05/01/2005![]() La ausencia maldita, que no me suelta. Muchas veces, haciendo terapia de grupo con mis hermanas y riéndonos de lo que más daño nos ha hecho, nos acordamos de nuestro padre. Uno nunca se atrevería a tocar nada de su vida, no fuera cosa que todavía fuera a torcerse más, pero si yo pudiera cambiar algo de todo cuanto he vivido, le cambiaría a él. Aunque tampoco es eso. Dejémoslo en que hubiera preferido tener otro, y que a él hubiese estado sí, en mi vida, pero no sé, como dependiente de la droguería (donde de pequeña me enviaba mi madre a comprar colonia a granel, ¿alguien se acuerda que también despachaban así el aceite, y había que ir a comprarlo en garrafas? qué preciosa era aquella burbuja dorada que subía tan lentamente) o si no puede ser, mira, como marido de la panadera. Así no lo borro del mapa. El caso es que muchas veces me pregunto qué hubiera sido de mí si hubiese disfrutado de un padre “normal” ¿Y qué sería yo hoy día, si en lugar de una bestia parda, mi padre hubiera sido un refugio para nosotras, empuje, ilusión? ¿Y con qué cara me enfrentaría a la vida si pudiera olvidarme del miedo que pasé? ¿Qué es lo que todavía no sabría, si borrara las horas que pasé debajo de la bolsa del pan, escondida, viendo cocinar patatas fritas a mamá temiendo que me llamara? ¿Dónde está la niña de las coletas que se sentaba con miedo en sus rodillas a leer los diarios? ¿Y qué clase de infancia era aquella? Ahora charlo con otros padres y me caen lágrimas de alegría. Salen esta noche con sus hijos, les compran juguetes, los adoran. Son un colchón para sus caídas en pleno vuelo, un firme apoyo, una referencia. Darían cualquier cosa por verlos felices, por saber que crecerán y no les quedará ninguna púa clavada así, tan fea y tan negra como ésta. Y aunque ya sé que las comparaciones son odiosas, hay que ver qué daría yo por haber tenido un padre “normal”. Y que él me perdone, pero si se pudiera, esta noche (vale, esta noche y nada más) me metería en una de esas familias a ver qué es eso que se siente, qué cosa es, que años y años después, despierta sonrisas y nostalgia. En la noche de Reyes: la niña de las coletas, año 2.005 |
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